Donde la belleza se encuentra con el espíritu, nace la magia.

“Hay que creer en algo” por Amaluld

“Hay que creer en algo” por Amaluld

"Fui a misa cada domingo durante veintitrés años.

Iba porque crecí en una familia católica para la que ese ritual era la garantía de un buen comienzo de semana. Y también porque en mi colegio los primeros viernes de mes eran sagrados: cantábamos el santo, santo, santo con los ojos cerrados, como si la devoción fuera un idioma que habláramos sin pensar.

Rezar era una tarea diaria. Recé el rosario muchas noches con mi familia, rezo la novena cada diciembre y todavía murmuro —como si fuera lo único que conservo de la religión— ese poema de Santa Teresa de Ávila que me sé de memoria:

 

Nada te turbe,

nada te espante,

todo se pasa,

Dios no se muda…

Lo repito con fe, pero ya no por tradición sino por la contundencia de la última línea: “quien a Dios tiene nada le falta; solo Dios basta”.

 

Pienso a veces que creer en algo —no necesariamente en un Dios, pero en algo— es un modo rudimentario pero eficaz de sostenerse en medio de la angustia. Mi papá me lo decía cuando empecé a confesarle que ya no quería ir a misa: “Hay que creer en algo.”

Y cuando me pasa algo malo, mi mamá lo remata, como si quisiera invocar lo que él tanto repetía: “Es que si uno no cree en nada…”

Así, dejando esos puntos suspensivos.

 

En estas dos últimas décadas, la Iglesia se ha visto obligada a convivir con movimientos anticlericales que parecían destinados a arrasar con todo, pero curiosamente, la iconografía religiosa reaparece por donde menos se espera: en los discos de Rosalía, en las campañas de moda, en los colores de Pantone. Es como si las tendencias del futuro necesitaran ese resabio de fe que organiza, que ordena, que promete continuidad en un tiempo que, de resto, parece evaporarse.

 

Y aun así vivimos en una espiritualidad exagerada, agotadora, llena de dogmas alternativos que buscan dar respuesta a un mundo que cambia tan rápido que siempre nos queda grande. Tenemos astrología, terapias, energías, cartas natales, meditación, coaching. Lo queremos todo para calmar una sola sensación: la incertidumbre, ese ruido de fondo que no se apaga nunca.

 

Javier Cercas lo resume con una lucidez brutal en El loco de Dios en el fin del mundo —el libro que relata la entrevista que el escritor le hizo al Papa Francisco en un viaje papal a Mongolia y que también es un poco un libro sobre él mismo, un ateo que viaja al lado del Papa buscando respuesta a la pregunta imposible: ¿existe la vida eterna?—.

 

Él escribe:

“No podemos predicar una cosa y ser otra. Debemos ser encarnaciones de lo que predicamos: lo que predicamos es lo que debemos ser. Solo se convence a la gente con el testimonio.”

 

Quizá ahí se juegue todo: en que lo que creemos se note en cómo vivimos. En que la fe, sea cual sea, no sea un discurso sino una evidencia.

 

Me arriesgo a decirlo así: lo que predicamos y no encarna en nuestra vida no es fe, es deseo. Y el deseo, por más intenso que sea, no alcanza para sostener a nadie.

 

C. Tangana —uno de los artistas que más he escuchado en los últimos años— tiene una canción en la que enumera a todas las mujeres con las que ha estado. Lo interesante no es la letra, sino la introducción: una marcha de Semana Santa llamada El Amor, que resuena cada abril en las procesiones de la Dolorosa en España. Esa mezcla entre lo profano y lo sagrado no es casual.

 

El arte y el catolicismo han estado unidos desde siempre. Ha sido una relación íntima, expansiva, casi simbiótica: la música que eleva, las pinturas que transforman, la arquitectura que obliga a mirar hacia arriba. Una búsqueda de perfección y belleza que se convirtió, durante siglos, en un lenguaje espiritual.

Por eso no me sorprende que, en una época tan tecnológica, virtual, desconocida y a veces hostil, volvamos a necesitar ese tipo de belleza que organiza el caos. Esa estética religiosa que, incluso sin creer del todo, nos recuerda que lo trascendente existe.

 

Y esa es mi propuesta de conversación en esta entrega: detenernos un momento y preguntarnos en qué estamos creyendo realmente.

¿De dónde vienen nuestras creencias? ¿Nuestra fe?

¿Cómo la cultivamos? ¿Qué oraciones —propias o ajenas— seguimos repitiendo sin darnos cuenta?

 

Hoy podemos meditar con cánticos budistas sin sentir que contradicen la práctica cristiana, y al mismo tiempo encontrar en la meditación un modo de volver a lo más íntimo de nuestra fe —sea cual sea— y, sobre todo, a nosotros mismos. La espiritualidad ya no es una frontera; es un mapa lleno de rutas posibles.

Pero regreso a lo que decía Cercas y a lo que el Papa Francisco le repetía en ese viaje a Mongolia: la fe, para ser verdadera, necesita coherencia.

Lo que predicamos debe verse en lo que somos. Y ahí empieza —o termina— todo.

 

Texto escrito por Amalia Londoño Duque
10 de diciembre de 2025
www.instagram.com/amaluld

Enviamos tu compra

Entregas a todo el país

Paga como quieras

Recibimos efectivo, transferencia, tarjetas débito y crédito

Compra con seguridad

Tus datos siempre protegidos